-Sr. Asimov –comencé dubitativo-, tengo
algunas ideas sobre su relato “La Clave”, de 1966, que, por cierto, es uno de
mis favoritos. Creo que la solución que Vd. da en el mismo, aunque muy buena,
es incompleta. Por ello, pienso que usted, intencionadamente, dejó abierta la
posibilidad de especular sobre la misma y hallar una respuesta más exacta.
El rectángulo rojo del monitor se mantuvo inmutable durante interminables segundos. Me imaginé a la máquina intentando digerir una idea tan absurda y empecé a arrepentirme de haber llegado hasta allí. Cuando empecé a mirar a uno y otro lado, presa del nerviosismo, el rectangulito se tornó verde. Pasé, pues, a formular la primera pregunta:
-Sr. Asimov: ¿dejó usted intencionadamente
pistas en el relato “La clave” para que los lectores pudieran hallar una
respuesta más completa?
Unos segundos más tarde, una aceptable
imitación de la suave y didáctica voz del maestro, hablando en español, surgió
de los altavoces:
-Vaya, por fin alguien se ha dado cuenta.
Claro que sí, muchacho. Esa es la idea. Tuve que elegir entre terminar el
cuento a tiempo para la publicación o desarrollarlo completamente para una
ocasión posterior. Después, simplemente, lo olvidé.
Se encendió la luz verde.
- Gracias, Sr. Asimov. Dando por sentado
que la solución al acertijo es la que se presenta en el cuento, el cráter
Clavius, opino que en el mismo se dan datos para especificar más la solución,
ya que lo lógico sería dirigir a una ubicación exacta y no a algo tan amplio
como un cráter de más de doscientos kilómetros.
- Correcto. Mi primera intención era dar
pistas para una ubicación exacta.
Me quedé esperando a que añadiera algo
más, pero la luz verde se encendió. Decidí seguir mi guión original. Ya iba a
por la tercera pregunta:
- Gracias. También se me ha ocurrido que
el acertijo estaba diseñado para alcanzar la respuesta por diferentes caminos:
por ejemplo, la columna de símbolos que inicialmente los personajes interpretan
como cráteres lunares, podría dar las letras para formar la palabra CLAVIUS, en
la siguiente forma: A de Alphonsus, U de Uranus, etc…
- Se equivoca en eso, muchacho. Nunca
pensé en algo así. Además no se me ocurre como pudo encontrar la V o la L. Pero
no me lo cuente. Seguramente será algo descabellado. Disculpe la franqueza,
muchacho, pero es que aquí se oye cada cosa…
Aquello fue un mazazo para mi autoestima,
pero ya sospechaba yo que algunas de mis deducciones eran un poco
forzadas. En fin, cuarta pregunta:
- ¿Quiere decir, por tanto, que los símbolos
de la parte derecha proporcionan los datos necesarios para encontrar el lugar
exacto en donde Jennings escondió el artefacto?
-Exactamente.
-¿Y bien…? La luz verde se había
encendido. Sin darme cuenta, acababa de formular mi quinta pregunta.
- No puedo contestar a esa pregunta.
Carece de contenido.
En la pantalla comenzaron a formarse unas
letras que componían el siguiente mensaje:
LA ENTREVISTA HA TERMINADO.
Me sentí como un estúpido.
Doblemente. Por mi error y por no haber conseguido la respuesta. Sin embargo,
cuando ya me levantaba para salir, se oyó de nuevo la voz del maestro:
-Bueno, muchacho, le felicito. Al menos, ha
descubierto que había otra “clave” en el cuento. Aunque su interpretación es un
poco ingenua. Por cierto ¿ha comprobado las coordenadas de los cráteres?
Salí atropelladamente de la cabina y casi choqué con
la recepcionista que, seguramente, venía a avisarme de que la entrevista había
terminado.
Mascullé un apresurado "Good bye" y
salí a la calle. Estaba deseoso de llegar a casa y empezar a realizar los
cálculos que, tras la sugerencia de MultiVac-Asimov, se me estaban ocurriendo.
Una vez en el tren, encendí el ordenador
de bolsillo -mucha gente seguía llamándolos móviles, por aquello de los
teléfonos móviles, pero ya no tenía sentido usar este nombre ya que para lo que
menos se utilizaban actualmente era para hablar por teléfono-.
Me conecté a la enciclopedia
astronómica on line y empecé a descargar las ubicaciones de
los dichosos cráteres del acertijo. Después de una hora de cálculos y
operaciones con las coordenadas, estaba igual que al principio. Los resultados
eran dispares e indicaban multitud de localizaciones que nada tenían que ver
con la que sabemos que era la respuesta correcta. Me sentí como los
protagonistas de la segunda parte del relato, dando palos de ciego por los
desolados páramos lunares, intentando encontrar una solución.
“Esto no tiene sentido –pensé-, debe haber
algo que se me escapa.”
Repasé mentalmente la famosa nota de
Jennings. No tenía que mirarla, ya que a estas alturas la había memorizado, y
entonces caí en la cuenta de la estructura de la misma:
Al final, el signo igual no era más que eso, un signo igual, después de todo. Y apuntaba al círculo con los cuadrantes, que se daba por sentado era el símbolo de la Tierra.
Recordé algo que había leído hace tiempo sobre
el ecuador y el meridiano central de la Luna que, a efectos topográficos,
realizaban la misma función que sus equivalentes de la Tierra.
“¡Claro! –pensé-, el símbolo tiene, pues, tres significados. La Tierra, el viejo Urth y la localización sobre la Luna. Por tanto, deduje, al tiempo que casi literalmente veía encenderse una lucecita en mi cabeza: las coordenadas de Alphonsus y Tycho, sumadas, dan la localización del lugar; y el resto...¿qué hacemos con el resto?
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